Cambiando el porque por el para qué.

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Cualquier acción que emprendemos, sea causa o efecto de otra, conlleva siempre una motivación interna propia. ¿Para qué quiero ascender en el trabajo?, ¿para qué quiero un novio o novia?, ¿para qué me arreglo cada día?, ¿para qué me drogo?…El para qué nos acerca directamente a esa motivación interna que cada uno tenemos y tal vez si respondemos a todas esas preguntas se nos hace más fácil encauzar nuestros deseos o anhelos. Ir directamente al objetivo sin rodeos, aunque en casi todas las ocasiones se llegue a la misma respuesta: el deseo a pertenecer, el deseo de ser reconocido o el deseo de ser amado. Lo interesante entonces no es preguntarse el porqué de las cosas sino más bien el ¿para qué hago las cosas?. Una pregunta que sin duda nos llevará a una respuesta mucho más interesante y tal vez mucho más sencilla que si por el contrario nos enzarzamos en el porqué de las cositas. No importan tanto el porqué de las cosas sino el para qué de las mismas. Respuestas que sin duda nos acercan más a los demás, a entender que todos tenemos las mismas motivaciones. Respuestas que nos conducen a la idea de que todos somos uno intentando lo mismo, pero sencillamente de mil maneras distintas.

 

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